Hay casas que se inauguran con un lazo y unas tijeras. Malecón 663 se inauguró con el mar entrando por la puerta. Fue en septiembre de 2017, cuando el huracán Irma pasó frente a La Habana y el Malecón —ese mismo muro que hoy vemos desde el Rooftop al atardecer— no pudo contener el oleaje. El agua avanzó, tocó la casa, y al retirarse dejó las puertas abiertas de par en par. Para quien fundó este lugar, no fue un desastre: fue un bautizo. El bautizo de Yemayá.

El regalo que llegó desde el mar

En la tradición yoruba, Yemayá es la dueña de las aguas, madre de todo lo que respira cerca de la costa. Que un ciclón —su fuerza más pura— fuera lo primero en cruzar el umbral de esta casa antes de que nadie más lo hiciera, se cuenta aquí como un regalo, no como una casualidad. El mar reclamó la casa antes que los huéspedes, la bendijo con su sal y su furia, y luego se retiró en silencio para dejarle paso a la vida que vendría después.

Así, sin ceremonia formal, sin cinta que cortar, abrieron primero las habitaciones de Malecón 663 —recién visitadas por el agua de Yemayá—. Meses más tarde, un 14 de febrero, abriría también la parte gastronómica de la casa. Dos fechas, dos nacimientos posibles. Pero quienes fundaron esta casa saben cuál es el verdadero: el del ciclón, el de la ola que bendice antes de construir.

Un bautizo, no una inauguración

Nueve años después, esa historia sigue viva en cada rincón de la casa: en el Café a lo Cubano donde empieza cada mañana, en el Bistro Échale Salsita donde se sirven las tardes, y en el Rooftop “No te Bañes en el Malecón” donde el mar —el mismo que un día tocó a la puerta— se vuelve paisaje, banda sonora y testigo de cada brindis. Cada aniversario que celebramos aquí es, en el fondo, un agradecimiento a esa noche de 2017: a la fuerza que en lugar de destruir, decidió bendecir.

Nueve años después, el mar sigue tocando a la puerta

Hoy, cada vez que el Malecón habanero se agita y salpica hacia el Rooftop, alguien en la casa sonríe y recuerda: así empezó todo. Nueve años de historias, de huéspedes que llegaron como extraños y se fueron como familia, de música, ron y guayaberas con el número 663 bordado sobre el corazón. Si Yemayá bendijo esta casa una vez, la sigue bendiciendo cada noche que el sol se hunde en el horizonte y alguien, copa en mano, brinda por lo que vino después del agua.

¿Quieres vivir tú también la magia de Malecón 663? Escríbenos y reserva tu estancia junto al mar que nos bendijo.