Habitaciones
El Cuarto de Tula: cuando el color también sabe a candela
Dicen que en 1956 un cortocircuito prendió fuego a la cocina de una vecina llamada Tula, y que ese susto se convirtió en una de las guarachas más cantadas de Cuba. Esa misma candela, setenta años después, no se apagó: se quedó viviendo en los colores de esta habitación.
Una habitación que no pide permiso
El Cuarto de Tula no se anda con timidez. Aquí el eclecticismo cubano se toma en serio: colores de carnaval que chocan a propósito, tonos tropicales que calientan cada superficie, piezas y códigos del siglo pasado reinterpretados sin miedo al exceso. Nada combina de manera obvia, y sin embargo todo encaja — esa es la gracia de una decoración pensada para sentir La Habana con los cinco sentidos, no solo para mirarla.
Sensualidad, sin gritar
Hay algo deliberadamente sensual en la manera en que la luz entra por el balcón y se mezcla con esos tonos cálidos, casi como si la habitación misma tuviera pulso. La cama queen size queda envuelta en esa paleta encendida, y el acceso directo al balcón —con el mar y el Malecón habanero de fondo— funciona como respiro entre tanto color: la calle que enfría lo que el cuarto calienta.
Cubanía en cada detalle
Cada elemento de El Cuarto de Tula parece elegido para contar algo: un guiño al carnaval aquí, una textura tropical allá, un objeto de otra época que no desentona porque en Cuba las épocas nunca terminan de irse del todo. Es una habitación que se disfruta como se disfruta un son bien tocado: por capas, sin apuro, dejando que cada color termine de sonar.
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